martes, 3 de abril de 2012

EL SENDERO A LA OBEDIENCIA

Era martes.

Dos días antes Jesús había entrado en Jerusalén montado en un burro, aclamado por los gritos de "¡Hosanna!" 

Dos días más tarde Jesús sería "capturado," juzgado absurdamente, torturado y luego sacrificado al día siguiente ante los gritos de "¡Crucifícale!"

Era un tiempo confuso. 

Pero no para Jesús. Él estaba resuelto en Su misión como nunca. Había venido para morir como pago santo por el pecado de la humanidad; y nada lo detendría.

Los discípulos escucharon con pánico aturdido a Jesús hablar de su muerte próxima. ¿Qué? Ellos habían esperado reinar junto a este Rey que venía, que ya había llegado. Pensaban que serían los que servirían en Su reino. Por eso dejaron sus redes para seguirlo. Incluso dejaron oficinas jurídicas exitosas y negocios de impuestos. Él era el que conquistaría al enemigo. Pero ahora Él decía que sería entregado al enemigo; y después de que lo flagelaran, Jesús dijo, le matarían. Luego al tercer día, Jesús dijo, resucitaría.

Los discípulos no entendían nada de esto. 

El plan simplemente no estaba desenvolviéndose como ellos habían esperado. Oyeron Sus palabras, conocían al Verbo, pero simplemente no podían unirlo todo. Sabían quién era Él. Su búsqueda había terminado. Habían hallado a Aquél. Pero ahora Sus palabras no tenían sentido.

Los funcionarios religiosos también estaban confusos. Por tres años y medio Jesús había sido una espina en su zapato. ¿Él, Mesías? Ni en sueños. ¡No queremos que este hombre gobierne sobre nosotros!

Desde su perspectiva, era necesario eliminar permanentemente a Jesús antes de que incite al pueblo a rebelarse. Pero hoy, martes, retrocedieron, por miedo a la multitud. Las acciones de Jesús el domingo y el lunes no les habían dejado otra salida. La conspiración entró en la recta final; necesitaban atraparlo antes de que tratara de escaparse.

Pero Jesús no intentaría escapar de Jerusalén. Valientemente se puso en el camino de ellos. Era Su senda de obediencia.

Véase Lucas 18:31-34; 19:45-48.

lunes, 2 de abril de 2012

UNA SEMANA DE VIDA

Ei usted supiera que le queda apenas una semana de vida, ¿como la invertiría? Si el lunes supiera que para la noche del sábado su cuerpo estará en una caja y su alma habrá dejado la tierra, ¿qué diferencia determinaría en lo que hará los próximos cinco días?

Esta fue una pregunta que Jesús tuvo que contestar. Como ningún otro, Él sabía que esa era Su última semana, así que dedicó este tiempo a dos aspectos que consideraba de primordial importancia.

En esta semana final, Jesús estuvo ligado al templo. Pasó dentro de sus paredes todos los días, celoso de su pureza y protegiendo lo que tenía lugar en sus atrios. Pasó Sus días finales enseñando, defendiendo la verdad eterna, exponiendo el error e inspirando fe.

En esta semana final Jesús también demostró Su prioridad por los que amó al máximo: Sus discípulos. Se envolvió de humildad y les sirvió. Les lavó los pies. Habló y anduvo con ellos. Les dio instrucción que ellos tendrían que llevar adelante sin Él. Escuchó y recibió amor de aquellos que sentirían el aguijonazo inmediato de su muerte más que cualquier otro.

Jesús vivió Su semana final bajo el aplastante peso de que Su hora había llegado. Su largamente profetizado sacrificio era inminente, así que estos minutos finales eran preciosos y pocos.

El conteo descendente había empezado.

Véase Lucas 19:47-48 y Juan 13:1, 5, 31-35.

domingo, 1 de abril de 2012

BLOG DE APOYO

http://www.insight.org/vpv/pascua.html

ESTE ES EL DÍA SEÑALADO POR DIOS

Este es el Día
1 abril, 2012

Cada año de Su vida Jesús iba a Jerusalén para la Pascua. Cada vuelta del camino era familiar para Él como ir a casa.

Hasta ese año Jesús había evitado la publicidad y se había negado a hacerse un nombre. Nunca había llevado una gran pancarta o coreografiado una entrada. Pero hoy era diferente.

Por primera y única vez, este domingo, Jesús aceptó las alabanzas del público en general. Pidió un burro para montar, cumpliendo la predicción que el profeta Zacarías dijo quinientos años atrás, de que el Rey vendría, humilde y montado en un borrico. Jesús sabía bien la declaración que estaba haciendo. Estaba revelándose como el Mesías, el largamente esperado Rey de Israel.

Así que dejó que la multitud eleve palmas y entonces Sus alabanzas. Les dejó anunciar: "¡Hosanna en las alturas!" En cumplimiento del Salmo 118:26: "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" Les dejó decirlo. Les dejó gritarlo. Era casi una muchedumbre.

Sin embargo, en algún punto en el camino, a Jesús lo impactó la realidad del inminente cambio de corazón de ellos. Él había venido para salvarlos, respondiendo a sus gritos: "Hosanna: ¡Sálvanos ahora!" pero sabía que dentro de pocos días ellos finalizarían su rechazo del Mesías. El viernes ellos darían un portazo a Su oferta de salvación.

Jesús sabía exactamente qué día era.

La línea el profeta Daniel había escrito una predicción meticulosa del día exacto cuando el Mesías aparecería en Jerusalén. Exactamente 483 años calendario judío desde la reconstrucción de Jerusalén en marzo de 444 a. C.: "el Mesías Príncipe" (Daniel 9:25) aparecería. Si los líderes judíos hubieran tomado en serio el reto de Daniel para "saber y discernir" el tiempo, Jesús habría remontado la colina ese día para ver una pancarta proclamando "¡Bienvenido, Mesías!" cubriendo las murallas de Jerusalén. En lugar de eso, los líderes judíos reprocharon la noción que el pueblo con tanta facilidad abrazó. No querían tener nada que ver con Jesús como el "Hijo de David." Querían un rey como todas las otras naciones tenían.

Difícilmente parecía una "entrada triunfal" después de todo.

Véase Salmo 118:25-26; Daniel 9:25; Zacarías 9:9-10; y Mateo 21:1-9.

ESTE ES EL DÍA SEÑALADO POR DIOS

Cada año de Su vida Jesús iba a Jerusalén para la Pascua. Cada vuelta del camino era familiar para Él como ir a casa.

Hasta ese año Jesús había evitado la publicidad y se había negado a hacerse un nombre. Nunca había llevado una gran pancarta o coreografiado una entrada. Pero hoy era diferente.

Por primera y única vez, este domingo, Jesús aceptó las alabanzas del público en general. Pidió un burro para montar, cumpliendo la predicción que el profeta Zacarías dijo quinientos años atrás, de que el Rey vendría, humilde y montado en un borrico. Jesús sabía bien la declaración que estaba haciendo. Estaba revelándose como el Mesías, el largamente esperado Rey de Israel.

Así que dejó que la multitud eleve palmas y entone Sus alabanzas. Les dejó anunciar: "¡Hosanna en las alturas!" En cumplimiento del Salmo 118:26: "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" Les dejó decirlo. Les dejó gritarlo. Era casi una muchedumbre.

Sin embargo, en algún punto en el camino, a Jesús lo impactó la realidad del inminente cambio de corazón de ellos. Él había venido para salvarlos, respondiendo a sus gritos: "Hosanna: ¡Sálvanos ahora!" pero sabía que dentro de pocos días ellos finalizarían su rechazo del Mesías. El viernes ellos darían un portazo a Su oferta de salvación.

Jesús sabía exactamente qué día era.Era el cumplimiento del tiempo.

La línea el profeta Daniel había escrito una predicción meticulosa del día exacto cuando el Mesías aparecería en Jerusalén. Exactamente 483 años calendario judío desde la reconstrucción de Jerusalén en marzo de 444 a. C.: "el Mesías Príncipe" (Daniel 9:25) aparecería. Si los líderes judíos hubieran tomado en serio el reto de Daniel para "saber y discernir" el tiempo, Jesús habría remontado la colina ese día para ver una pancarta proclamando "¡Bienvenido, Mesías!" cubriendo las murallas de Jerusalén. En lugar de eso, los líderes judíos reprocharon la noción que el pueblo con tanta facilidad abrazó. No querían tener nada que ver con Jesús como el "Hijo de David." Querían un rey como todas las otras naciones tenían.

Difícilmente parecía una "entrada triunfal" después de todo.

Véase Salmo 118:25-26; Daniel 9:25; Zacarías 9:9-10; y Mateo 21:1-9.

sábado, 31 de marzo de 2012

OTRA OPORTUNIDAD ES LO QUE PEDIMOS A DIOS

"... no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él..." Hebreos 12:5
Sin querer, una mujer permitió que se vendieran unas valiosas joyas de la familia por diez centavos de dólar. Sucedió después de que las sacara de la caja de seguridad de un banco, para lucirlas en una boda. Cuando ella volvió a la casa, el banco estaba cerrado; entonces, puso las joyas en una caja vieja con elementos para afeitarse y se olvidó. Un día, le regaló la caja a una amiga que estaba recolectando cosas para una venta de artículos usados. Cuando la mujer se dio cuenta de lo que había hecho, las preciosas gemas ya habían sido vendidas por diez centavos a un desconocido.
En cierto sentido, su dolor es similar al de Esaú. Él también supo qué significa darse cuenta repentinamente que se ha perdido algo de gran valor (Génesis 25:29-34). Su decisión, apresurada, mala, su deseo solo de satisfacer sus apetitos y su posterior tristeza pueden ser una gran lección para nosotros creyentes en Cristo. Como dice W. Wiersbe: “Nosotros podemos olvidar nuestras decisiones, pero nuestras decisiones no nos olvidan a nosotros”, toda decisión tiene su consecuencia. Y aquellas decisiones que hacemos para gratificar apetitos, pueden constarnos bien caras. Otro comentarista hablando de la decisión de Esaú dice: “la gratificación de los apetitos ha arruinado miles de almas”. Debemos aprender a no perder privilegios espirituales, por deseos pasajeros que gratifican la carne. Si lo hemos hecho es necesario, no perder los beneficios de la disciplina divina (He. 12:5). Y esta pérdida es mucho peor que negociar joyas caras por casi nada.
¿Cómo podemos evitar esa pérdida innecesaria? Cuando pecamos:
a. Debemos estar dispuestos a aprender de la corrección de Dios (He. 12:11).
b. Debemos humillarnos y mostrar valor, para aceptarla (He. 12:12-13).
c. Debemos renovar nuestra vitalidad espiritual (He. 12:14).
Si reaccionamos bien ante la corrección del Padre Celestial, disfrutaremos de otra oportunidad y sin remordimientos.
Reflexión: No puedes dejar tus pecados atrás hasta que los enfrentes, los confieses, te arrepientas y apartes. ¡Aprovecha la oportunidad que Dios te ofrece hoy!

¿Cómo puedo vencer el pecado en mi vida cristiana?
La Biblia habla de los recursos que tenemos para vencer nuestra pecaminosidad:
(1) El Espíritu Santo: Es la persona que mora en nosotros y que Dios ha dado a Su iglesia, para ser victoriosos en el vivir cristiano. En Gálatas 5:16-25, Dios hace un contraste entre las acciones de la carne y el fruto del Espíritu. En ese pasaje, somos llamados a caminar en el Espíritu.
(2) La Palabra de Dios, la Biblia: 2ª Timoteo 3:16-17 dice que Dios nos ha dado Su Palabra para equiparnos para cada buena obra. Esto nos enseña cómo vivir y qué creer, nos revela cuando hemos escogido senderos erróneos, nos ayuda a regresar al sendero correcto, y nos ayuda a permanecer en ese sendero.
(3) La Oración: Este es otro recurso esencial que Dios ha dado. Nuevamente, este es un recurso que los cristianos mencionamos pero no lo ponemos en práctica, le damos un uso muy pobre. (Efesios 6:18).
(4) La Iglesia: Nuevamente, este último recurso es uno que tendemos a ignorar. Él nos manda a no dejar de congregarnos como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24-25). Él nos manda confesar nuestras ofensas unos a otros (Santiago 5:16).

El cristiano, su lucha y su armadura: La vida cristiana no es “Todo diversión”, la realidad es que es “Un campo de batalla” los cristianos estamos inmersos en una guerra, pero la buena noticia es que Dios nos ha provisto todos los recursos necesarios para luchar y salir victoriosos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

SEPARACIÓN ENTRE IGLESIA Y ESTADO

El juicio estaba llegando a su fin. Toda la evidencia pesaba en contra del acusado. La sentencia de muerte sin duda caería sobre Carlos Chambers. Había matado a una mujer de setenta años para robarle. Seguramente lo condenarían a la cámara de gas.

El fiscal, a fin de reafirmar su tesis, tuvo la ocurrencia de citar la Biblia: «Dios dice que el que derrama sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.»

Ante esto el abogado defensor pidió que se anulara la sentencia, y el juez se vio obligado a conceder la petición. La ley dictaba que no se podía citar la Biblia para acusar a un hombre. Esto se debía a que en ese país había estricta separación entre Iglesia y Estado. Así que por referirse a la Biblia, el fiscal perdió su caso.

He aquí un caso interesante. Sucede en un país donde ocurren toda clase de argucias jurídicas extrañas, y se presta para una seria reflexión. Un asesino merece la pena de muerte. No debiera haber escape. Pero al citar la Biblia para condenarlo, se ponen en juego tretas jurídicas, y el hombre se salva.

Vale la pena preguntarnos: Al fin de cuentas, ¿en qué se basan las leyes humanas de todos los países del mundo para definir un delito? Si no puede citarse la Biblia en el juicio de un asesino, tampoco debe poder citarse para condenar a un adúltero, o a un mentiroso, o a un ladrón, o a quien sea culpable de cualquier delito.

Los Diez Mandamientos, que se encuentran en el Libro Sagrado, fijan y establecen la moral humana. Si no hubiera Biblia y no existiera ese Decálogo de Moisés, el hombre no tendría ley a la cual sujetarse. ¿Cuál sería el resultado? Se regiría sólo por la violencia y la fuerza. Su única ley sería su propio capricho personal.

En los días previos al diluvio universal, nadie obedecía a nadie. No había ley, no había moral, no había norma de vida. Regía sólo la violencia. Cada uno establecía su propia ley. Fue entonces que Dios envió el diluvio, para comenzar un nuevo pueblo.

Lo cierto es que aunque Dios jamás hubiera mandado a escribir sus mandamientos en tablas de piedra o en ninguna otra parte, el homicidio sería criminal, el adulterio sería inmoral, el robo sería ruin, y todo pecado sería maligno. Lo que no está escrito en tablas de piedra, está escrito en la conciencia humana. Y todos hemos violado la ley de la conciencia.

¿Habrá salvación para el pecador? Sí, la hay, con toda seguridad. Por eso dio su vida Jesucristo en la cruz del Calvario: para pagar el precio de nuestra redención. Podemos acudir a Él. Cristo murió por nuestra maldad. Por eso se llama Salvador. Rindámosle nuestra vida.