viernes, 20 de enero de 2012

«HOMBRES ESTÚPIDOS QUE... COMETEN ADULTERIO»

«HOMBRES ESTÚPIDOS QUE... COMETEN ADULTERIO»

«Mi caso es el común de hombres estúpidos que... cometen adulterio. En ese tiempo mi hijo tenía cinco meses de nacido, y tuve relaciones con una compañera de trabajo, que quedó embarazada. Mi esposa me echó de la casa, pero al poco tiempo regresé. Ella me dijo después que no podía perdonarme, y... en estos meses los pleitos se han vuelto cada vez más violentos verbalmente....
»Por razones económicas, no he podido salir... y lo que me espera es que, en poco menos de dos meses, la otra mujer me mande a la cárcel por el no pago de la pensión y [yo] obviamente [pierda] mi trabajo, y eso entonces [complique] más el asunto. Como ven, estoy en un infierno y encrucijada....»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimado amigo:
Tiene razón al decir que es como otros hombres que se han metido en semejante situación. Y francamente a usted no le queda ninguna opción que sea mejor que la de ellos....
»Nos llama la atención que usted ni siquiera mencione al hijo que procreó a raíz del adulterio. No pide consejo en cuanto a cómo ser un buen padre para ese hijo.... Y no manifiesta usted ninguna preocupación por los sentimientos de la otra mujer, ni los de su esposa ni los de su hijo legítimo.
»Lo que sí parece interesarle es cómo encontrar la vía más fácil para deshacerse de sus propios problemas, ¡mientras que los problemas emocionales que sufren los demás son los de menos importancia para usted! Esto es prueba del egoísmo por el que se encuentra ahora en semejante situación. Usted hizo lo que le dio la gana en ese momento con su compañera de trabajo, sin pensar siquiera en los sentimientos de nadie más ni en las consecuencias de su conducta.
»El apóstol Pablo enseñó que “cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás”.1 Mientras su meta principal en la vida sea hacer lo que a usted más le conviene, sin considerar siquiera lo que más les conviene a sus dos familias, seguirá viviendo en ese infierno que describe.
»¡Acepte la responsabilidad de su conducta! Resuelva que va a esforzarse por dar el sustento económico y el buen ejemplo que necesitan sus dos hijos. Si tiene que ir a la cárcel, entonces aproveche el tiempo de presidio para que aprenda a ser un mejor hombre y un buen padre. Comience a pensar en lo que más les conviene a sus hijos y no en lo que más le conviene a usted.
»Si le resulta difícil pensar en el bienestar de sus hijos en vez de pensar en el suyo, le recomendamos que ore y le confiese sus pecados a Dios, pidiéndole que le perdone sus malas actitudes y su mala conducta, y aceptando a su Hijo Jesucristo como su Salvador personal. Si comienza una relación personal con Dios, Él puede ayudarle a amar a los demás como debe hacerlo. Y puede ayudarle a ser un hombre capaz de afrontar sus responsabilidades y hacer lo debido con relación a los demás.
»Le deseamos lo mejor,
1Fil 2:4


CUANDO LA EVIDENCIA NO SE HUNDE


Un tripulante era francés; el otro, italiano. El barco era de matrícula yugoslava y el cargamento procedía de Egipto. El mar era el Adriático y la lancha patrullera era de Italia. Y el reflector de la lancha patrullera apuntó al barco, y el francés y el italiano decidieron hundirlo. Llevaban dos toneladas de hachís, en setenta y nueve bolsas plásticas.
Los dos hombres se lanzaron al mar, con la esperanza de que el hundimiento borrara toda evidencia. Sin embargo, para su sorpresa, todas las bolsas flotaron. La lancha patrullera los rescató del mar a ellos y a cada una de las bolsas. Fueron condenados por contrabando de drogas.
Es algo terrible cuando se comete un delito pensando que pueden borrarse todas las pruebas, y éstas aparecen al poco tiempo brillando como luceros. El asesino queda anonadado; el ladrón queda estupefacto; el estafador queda confundido. ¿Y qué del marido?
Hay esposos que piensan que pueden engañar impunemente a su esposa, y quizá lo hagan varias veces sin ser descubiertos. Pero a la postre los delata un cabello rubio en la solapa, o una carta que queda olvidada en un bolsillo, o una factura por joyas que no han sido regalo para la esposa, o una llamada telefónica anónima. Y comienza la tragedia familiar.
Un antiguo proverbio español dice: «El diablo hace las ollas, pero no las tapas.» Tarde o temprano, el delito se descubre; la falta se evidencia; el pecado se delata solo. Y entonces vienen la confusión, la vergüenza, el hundimiento del prestigio, la ruina de la felicidad.
Antes de que las bolsas de evidencia salgan a flote en la superficie, dejemos de hacer lo malo. Esos votos de amor y de fidelidad que se hicieron ante los testigos, ante el clérigo, ante la novia y ante Dios todavía están vigentes. Además, nadie puede detener el reloj del tiempo, y de aquí a veinte o treinta años será cuando más necesidad habrá del refugio de una compañera que haya sido el deleite de la vida desde el día del matrimonio. No echemos a perder esos últimos años por descuidar los primeros.
Ahora es el tiempo de edificar un hogar sólido. Todo matrimonio puede lograrlo. Sólo hay que dedicar algún tiempo del día para hablar los dos con Dios, haciendo de Él el huésped permanente del hogar.

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