miércoles, 6 de julio de 2011

LA SANIDAD DE LA NACION

La sanidad de la nación
Cómo ejercer influencia en los líderes del país en favor del reino de Dios.


por Charles F. Stanley

A lo largo de los años, he tenido el privilegio de pasearme por algunas de las playas más bellas del mundo. No hace mucho tiempo, estaba en una playa de Hawai conocida por sus olas enormes.

Al contemplar el océano, me pregunté: ¿Qué hace que las mareas pasen de ser hermosas a ser peligrosas? ¿Qué hace que el mar aumente y produzca una ola que arrastre casas?

La respuesta en muchos casos es las tormentas. Algunas golpean la superficie del agua cerca de la costa, mientras que otras se producen lejos, causando una reacción en cadena en todo el océano. Algunas generan fuertes vientos, mientras que otras producen una cantidad aparentemente interminable de lluvia. Estas observaciones de la naturaleza me pusieron a pensar en los problemas que enfrenta nuestro mundo —en tormentas que no tienen nada que ver con el clima. Más bien, son situaciones en nuestras vidas que barren con todo como un huracán que destruye por completo nuestra paz y seguridad. No sabemos qué hacer ni a dónde ir, porque sencillamente no podemos escapar de su furia.

Creo que nuestro mundo está enfrentando una ola destructiva creada por el hombre, y que está agravando a un ritmo alarmante. Y como padre, abuelo, y predicador de la Palabra, siento la responsabilidad de hablar acerca de los problemas actuales y de las vidas que requieren nuestra atención y la intercesión de los creyentes. Algunas personas se preguntan si es correcto que cristianos se involucren en los asuntos de gobierno. Realmente, no encuentro un versículo en la Biblia que nos llame a desentendernos de las responsabilidades de la ciudadanía. Por el contrario, Proverbios 11.11 (La Biblia al Día) nos enseña: “La buena influencia de los ciudadanos justos hace prosperar la ciudad”.

La Biblia habla extensamente de cómo seguidores de Dios influenciaron positivamente a reyes, para el bienestar del pueblo. Lo que me dice esto es que tenemos que participar activamente en superar los problemas que enfrentamos, tanto con oración como mediante la influencia positiva sobre los gobernantes de nuestra sociedad. Así que, nuestra esperanza en Dios nos obliga a repercutir de forma proactiva en quienes están en el poder.
Un ejemplo histórico
El profeta Daniel hizo mucho para moldear las opiniones de los gobernantes en bien del pueblo judío. De hecho, la influencia de Daniel abarcó casi setenta años. Su influencia fue poderosa, porque él sabía dónde poner su esperanza. Confiaba en Dios por encima de todo.

Daniel era apenas un adolescente cuando fue llevado a Babilonia en el 605 a.C. durante la primera de las tres deportaciones hechas desde la nación de Judá. Fue escogido para el servicio del rey, donde se distinguió casi de inmediato, llegando a ser reconocido por sus conocimientos, su inteligencia y sus habilidades. Una noche, el rey de Babilonia, Nabucodonosor, despertó de un sueño perturbador, sintiéndose profundamente preocupado. Inmediatamente mandó a buscar a los magos de la corte y a hombres sabios, y les exigió que le narraran y explicaran el significado de su pesadilla. Y añadió: “Si no me mostráis el sueño y su interpretación, seréis hechos pedazos, y vuestras casas serán convertidas en muladares” (Dn 2.5).

Los magos y los consejeros se quedaron atónitos. No tenían ninguna respuesta para él. Cuando le dijeron al rey que era imposible cumplir con su orden, Nabucodonosor ordenó que todos los sabios de Babilonia fueran ejecutados —incluyendo a Daniel.

Daniel se enteró de la sentencia de muerte, y le pidió al rey tiempo para consultar a Dios en cuanto al asunto. Esa noche, oró con otros tres exiliados hebreos que estaban al servicio del rey: Ananías, Misael y Azarías. Durante la noche, el Señor reveló la visión y su interpretación a Daniel. Como resultado, el profeta pudo decirle al rey todo lo que él quería saber sobre el sueño y su significado. No obstante, lo más importante fue que Daniel le reveló ante Quién era responsable Nabucodonosor en última instancia: el Señor Dios Todopoderoso. Al atribuir correctamente toda la gloria al Padre celestial, Daniel dijo: “Hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer” (v. 28).

Al llegar a este punto, es importante tener en cuenta tres cosas:

1. Ningún líder humano lo sabe todo. Ningún funcionario del gobierno puede tener todas las respuestas necesarias para resolver todos los problemas que enfrenta una nación. A pesar de que Babilonia era un imperio muy avanzado en ese tiempo, Nabucodonosor comprendió que no tenía idea de lo que significaba su sueño, ni qué hacer al respecto. Lo mismo sucede a menudo con los líderes de hoy, que se ocupan de asuntos tan diversos, que es imposible que sean expertos en todos ellos. Deben confiar en el consejo de sus asesores para tomar decisiones, lo cual no siempre es el mejor.
2. Dios sabe. Afortunadamente, el Señor tiene una profunda sabiduría de todas las cosas. Él lo ve todo de principio a fin, y sabe qué es lo mejor que debe hacerse en cada situación. Si ponemos nuestra confianza en Él, no fallaremos.
3. El Padre celestial revelará lo que necesitamos saber. Santiago 1.5 hace esta gran promesa: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Solo hay un requisito: debemos pedir con fe, sin dudar de la respuesta del Señor (v. 6). Cuando Daniel recibió la respuesta de Dios, confió en que había recibido exactamente lo que necesitaba, e inmediatamente alabó al Padre celestial por su ayuda. El profeta no dudó de la revelación ni la cuestionó, sino que reconoció la misericordia y la soberanía del Señor.

¿Qué debemos hacer, y qué podemos esperar?

Entonces, ¿cómo podemos tener influencia sobre nuestros líderes, como la tuvo Daniel? Vale la pena examinar con detenimiento cuatro aspectos de este relato. Estas enseñanzas nos muestran lo que debemos hacer —y la respuesta que podemos esperar— si nos acercamos a Dios buscando sabiduría y ayuda.

1. Ir a Dios con corazón humilde. Lo primero que debemos señalar es que Daniel pidió a Ananías, Misael y Azarías que se unieran a él en oración, sin formarse antes una opinión o suposición en cuanto al sueño de Nabucodonosor. Los cuatro jóvenes fueron con humildad al Padre celestial para buscar su guía y “misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen” (Dn 2.18). Nosotros debemos hacer lo mismo.
2. Esperar con paciencia la respuesta del Señor. En segundo lugar, después que Daniel oró, esperó que Dios respondiera. Tenga en cuenta que los cuatro jóvenes hebreos estaban enfrentando una sentencia de muerte. Sin embargo, el profeta se fue a dormir, confiando en la ayuda y sabiduría del Padre celestial. ¡Qué ejemplo de confianza y esperanza en el Señor!

Muchas personas están tan ocupadas yendo tras sus deseos, que no hacen una pausa para escuchar al Señor. Temen que si toman tiempo para esperar delante de Él, perderán oportunidades decisivas. Nada podría estar más lejos de la verdad. Lo más importante que podemos hacer con nuestro tiempo, es esperar en Dios en oración. Creo que es crucial que nos estemos quietos y pongamos atención a lo que el Padre celestial nos está diciendo. Después de todo, escuchar a Dios es absolutamente esencial si queremos caminar con Él.
3. Estar satisfechos con su respuesta. En tercer lugar, debemos notar que el Señor reveló todo lo que Daniel necesitaba saber sobre el sueño del rey, incluyendo el significado de cada detalle. No había necesidad de esperar para tener más información de parte del Padre. Por el contrario, el profeta confió en que le había sido dado todo lo que necesitaba para actuar.

Lo mismo es verdad para nosotros. Cada vez que el Señor nos dé una orden, debemos obedecer de inmediato. Podemos confiar en que Él asumirá la responsabilidad por nuestras necesidades al obedecerlo, incluyendo el darnos la información necesaria. Los planes y los propósitos de Dios pueden revelarse con el tiempo, pero podemos estar seguros de que Él siempre nos dará todo lo que necesitamos para tener éxito. Nuestra responsabilidad es mantenernos escuchando, confiando y obedeciendo.
4. Responder a Dios con alabanza. Finalmente, debemos ver que la reacción inmediata de Daniel a la ayuda del Señor, fue alabar a Dios como el único que puede revelar tales misterios (vv. 27, 28). El profeta no vio este triunfo como una oportunidad para obtener beneficios para sí mismo. Más bien, reconoció correctamente que la victoria le pertenecía a Dios, y atribuyó siempre toda la gloria al Padre.

En respuesta, el rey proclamó: “Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios, pues pudiste revelar este misterio (v. 47). Por el valiente testimonio de Daniel, el rey Nabucodonosor comenzó el recorrido que finalmente lo llevaría a “alabar, engrandecer y glorificar al Rey del cielo” (4.37).

¿Qué me dice de usted?
Usted se estará preguntando: “¿Puedo yo escuchar realmente la voz de Dios y recibir respuestas a mis preguntas? ¿Puedo realmente, ser como Daniel y ejercer influencia sobre los funcionarios del gobierno, con la dirección de Dios?

Jesús enseñó a los discípulos: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por… lo que habréis de decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lc 12.11, 12).

Y lo hizo. Después de llevar a los discípulos para ser interrogados, los dirigentes judíos “[vieron] el denuedo de Pedro y Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hch 4.13, cursivas añadidas).

Si los discípulos dejaron tal impresión en los eruditos funcionarios del templo, ¿cuánto más puede usted —con todos sus dones, formación y experiencia— influir en los líderes de su comunidad? Pero usted debe darse cuenta del secreto: habían estado con Jesús. Como digo a menudo, nuestra intimidad con Dios determina el impacto que causen nuestras vidas sobre los demás.
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