lunes, 26 de marzo de 2012

FLORES EN LA MARCHA NUPCIAL HACIA EL CIELO

Era el año 1952. Mientras las mujeres de las minas bolivianas hacían bombas caseras para abastecer al ejército del pueblo en su lucha contra los militares, las mujeres del valle de Cochabamba eran bombas a punto de estallar en su lucha contra otra injusticia perenne. Las unas luchaban, con bombas físicas, contra el latifundio y el miedo; las otras protestaban, con bombas folclóricas, contra el maltrato conyugal y la desvalorización de su condición humana. Las campesinas del valle no lanzaban sus bombas como las mineras del altiplano, alzándose en armas, sino alzándose con chicha y con coplas atrevidas al compás de acordeones y charangos mientras encendían velas y bailaban en torno a una imagen del Crucificado. Eso hacían durante las ceremonias de homenaje al Cristo de Santa Vera Cruz.
Las jóvenes solteras comenzaban pidiéndole a Cristo un esposo que no las hiciera llorar, una mula cargada de maíz, una oveja blanca y otra negra, y una máquina de coser. Luego, con voz estridente en son de protesta y siempre en su propia lengua, cantaban prometiéndole que amarían al esposo y le servirían bien en la mesa y en la cama, aunque no querían asumir la vida de una apaleada bestia de carga. Pero al cantarle a ese Cristo patético, le lanzaban bombas de burla tratándolo de macho desnudo, estragado por los años y los insectos, que en la cruz dormía o se hacía el dormido. Así rezan algunas coplas selectas de su altiva protesta:
«Floja, floja», estás diciendo,
Santa Vera Cruz, Papito.
Pero más flojo eres tú
que estás parado durmiendo.
Tú no me quieres soltera.
Me condenas a los hijos,
a vestirlos mientras vivan
y enterrarlos cuando mueran.
¿Me vas a dar un marido
que me azote y me patee?
¿Por qué la flor que se abre
marchita marcha al olvido?1
Aunque muchos no lo reconozcan, a esa dramática escena la empaña una tristeza aún mayor: el hecho de que al maltrato del que es víctima la mujer se sume la aparente indiferencia del maltratado Cristo. ¡Qué trágico que esas pobres mujeres quechuas no hayan comprendido que el Hijo de Dios, el Varón supremo de la creación, se sometió a que los hombres lo maltratáramos de la peor manera imaginable precisamente para poder comprenderlas a ellas en sus momentos de angustia al ser maltratadas por su esposo! Al verlo en la cruz, lo culparon de inercia respecto a las acciones de sus maridos, en vez de atribuirle la acción incomparable de dar su vida para que ellas pudieran tener vida abundante, si no en esta vida, que pronto pasa, al menos en la venidera, que nunca se acaba.2 Lamentablemente le echaron la culpa porque no entendieron que ese Cristo que sufrió y murió en la cruz se dejó maltratar para que las flores marchitas como ellas tuvieran quien las recordara y renovara en esta vida y quien, en la que viene, las llevara del brazo rejuvenecidas en la marcha nupcial hacia el cielo.


1Federico Aguiló, «Significado socio-antropológico de las coplas al Cristo de Santa Vera Cruz», ponencia al II Encuentro de Estudios Bolivianos (Cochabamba: 1984), citado en Eduardo Galeano, Memoria del fuego III: El siglo del viento, 5a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1987), pp. 173-74.
2Jn 3:16; 10:10

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