miércoles, 28 de enero de 2015

EL SEÑOR JESUCRISTO ES EL BUEN PASTOR Y DEFENSOR DEL REBAÑO.

DEFENSOR DEL REBAÑO
Por Carlos Rey.

Cuenta Jorge Luis Borges que su padre, cuando era niño, conoció en Buenos Aires a varios hombres cuyo oficio era matar jaguares. La gente los llamaba «tigreros» debido a que el jaguar es como un tigre, aunque más pequeño. Para la faena aquellos hombres llevaban una jauría, un poncho y un largo cuchillo. Una vez que los perros sacaban al jaguar de su madriguera, el tigrero sujetaba el poncho con el brazo izquierdo moviéndolo de arriba abajo. El jaguar siempre respondía de la misma manera: saltaba y, como el poncho apenas cubría las manos del tigrero, le rasgaba la piel con sus garras. Pero sucedía que al hacer esto el jaguar se exponía al cuchillo del cazador, quien lo mataba de un tajo. Así se evitaba que abundaran los jaguares. El tigrero descansaba hasta que volvía a haber ganado muerto por un jaguar y lo llamaban de nuevo. Él entonces hacía su trabajo como si fuera común y corriente, y volvía a su vida tranquila. La gente no lo tenía en alta estima, pero no por las razones que pudieran darse en la actualidad. Era más bien porque se consideraba como cualquier otro trabajo, como el de ganadero o domador de caballos. Y aun cuando no se le escapara un solo jaguar, nadie lo miraba como a un héroe sino como a un buen carpintero o a un buen marinero. Según el padre de Borges, el tigrero no era más que «un trabajador especializado».1
En esta reminiscencia, el respetado poeta argentino presenta al tigrero de su tierra como defensor del rebaño. De esta misma manera se presenta Jesucristo según el relato de San Juan. A sus coterráneos judíos que ponen en tela de juicio todo lo que Él hace, Jesús les expone la siguiente alegoría: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor [, cuando ve que el lobo se acerca,] da su vida por las ovejas.»2 Con esto el Señor alude a su guerra a muerte contra Satanás, pintándolo de lobo. Y ese lobo viene a matarnos y destruirnos, a diferencia del buen Pastor, que viene a darnos vida en abundancia.3 A continuación Cristo abre de par en par la puerta del redil. «Tengo otras ovejas que no son de este redil, y también a ellas debo traerlas —aclara el Señor—. Así ellas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.»4 Esas otras ovejas a las que se refiere Cristo son los gentiles, es decir, los que no son judíos. Y a ese nuevo rebaño podemos pertenecer todos nosotros en la actualidad, pues el Buen Pastor nos ayuda a cerrar la puerta del rebaño que abandonamos, y nos abre la de su rebaño por la que nos invita a entrar.
Así como el indefenso ganado argentino no habría tenido a nadie que lo protegiera del jaguar si no hubiera sido por el «matatigres» defensor del rebaño, tampoco nosotros tendríamos a quién acudir en busca de protección si no fuera por nuestro «Cazalobos» celestial, defensor de nuestra alma, que es «un trabajador especializado» en esa materia. Más vale que nos integremos a su rebaño, pidiéndole que sea nuestro Buen Pastor. Él no sólo arriesgó la vida sino que la entregó por nosotros para que pudiéramos disfrutar de vida en abundancia.

1Esteban Peicovich, Borges, el palabrista (Madrid: Editorial Letra Viva, S.A., 1980), pp. 76-78.
2Jn 10:11,12
3Jn 10:10
4Jn 10:16

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