martes, 22 de julio de 2014

NUESTRA PUREZA SEXUAL HONRA A JESUCRISTO PERO NUESTRA IMPUREZA SEXUAL DESHONRA Y DESTRUYE NUESTRAS RELACIONES CON DIOS. EL LIBRO DE PROVERBIOS CAPÍTULO 4.

NUESTRA PUREZA SEXUAL HONRA A JESUCRISTO PERO NUESTRA IMPUREZA SEXUAL DESHONRA Y DESTRUYE NUESTRAS RELACIONES CON DIOS. EL LIBRO DE PROVERBIOS CAPÍTULO 4.
El poder de la sabiduría para protegernos del mal; los diez pecados más odiados por Dios; la necesidad de cumplir con los mandamientos de Dios.

Mientras que los creyentes del Antiguo Testamento se reconocen como la esposa de Jehová y los del Nuevo Testamento se reconocen como la novia de Cristo, pues, así resulta que el placer sexual con cualquier otra persona fuera del matrimonio de un hombre con una mujer, el cual ha sido ordenado por Dios, es adulterio espiritual contra Dios. Los pecados sexuales son tan engañadores y destructivos que se habla mucho más sobre las advertencias de su perversidad en este libro de Proverbios que ningún otro pecado. Los pecados sexuales contaminan nuestro cuerpo, el cual es el templo del Espíritu Santo (I de Corintios 6:19). Las advertencias en el libro de Proverbios se encuentran en los capítulos 5; 6:23-35; todo el capítulo 7; 9:13-18; y 22:14. Dios nos revela que la única manera de estar seguros se encuentra cuando «la sabiduría. . . fuere grata a tu alma. . . te guardará; te preservará la inteligencia. . . (Serás) librado de la mujer extraña, de la ajena que halaga con sus palabras» (Proverbios 2:10,19). El abandono a las relaciones pecaminosas pueden proveer gozos físicos momentáneos; pero « . . . el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace» (6:32).

Dios nos advierte sobre los resultados desastrosos del adulterio los cuales son inevitables: «Al punto se marchó tras ella, cómo va el buey al degolladero, y como el necio a las prisiones para ser castigado» (7:22). Algunos piensan que el adulterio o la fornicación es aceptable cuando ocurre entre adultos que así lo consienten; pero Dios dice: « . . . No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios» (I de Corintios 6:9-10).

Satanás solamente nos puede tentar. El pecado empieza cuando empezamos a contemplar la tentación. Por esa razón, tenemos que «(llevar) cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (II de Corintios 10:5).

Cualquier persona que ha sido arrastrada por un pecado sexual debe de orar y pedirle a Dios que le perdone, pues: «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13). «(Pero) Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. . . . (Porque) con una sola ofrenda (Jesucristo) hizo perfectos para siempre a los santificados. . . (Dios) añade: Y nunca más Me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado» (Hebreos 10:12, 14,17-18).
CONSECUENCIAS DE LOS PECADOS SEXUALES.
EL MACHISMO Y EL SIDA
Por el Hermano Pablo.

La mujer apenas podía contener las lágrimas. Estaba contándoles su historia a oficiales del Seguro Social. Era la misma historia de muchas mujeres como ella, una historia que es drama y que es, a la vez, tragedia.

Se llamaba Rosario Servín, y tenía treinta y nueve años de edad. Vivía en una de las grandes capitales de América Latina, era viuda y tenía seis hijos. Su esposo había muerto de SIDA, y ella también estaba infectada. Rosario acababa de perder su casa, que era la única herencia, además de la enfermedad, que le dejó su esposo.

Tales casos representan una epidemia. Miles y miles de mujeres pueden contar la misma historia. Casadas con un hombre machista, deben aguantar pacientemente todo lo que él haga.

El esposo, que tiene todas las mujeres que quiere, vive en completo abandono y se enferma de SIDA. La mujer no se atreve a decir una sola palabra, ni a preguntar cuántas mujeres tiene ni a ensayar la menor protesta. Lo aguanta todo pacientemente, pidiéndole a Dios que su esposo cambie, pero en vez de cambiar él le transmite a ella el virus mortal.

Se cuenta que cuando Hernán Cortes conquistó México, los príncipes aztecas le traían lotes de hasta veinte muchachas vírgenes para que escogiera la que más le gustara, y distribuyera a las restantes entre sus capitanes. Esa es parte de nuestra herencia. Con la proliferación del machismo, de la lujuria y del pisoteo cínico de las normas divinas del sexo y del matrimonio, ¿cómo no van a haber en las Américas millones de casos de SIDA?

Tenemos quinientos años de «civilización» en nuestros países de habla española. ¿Y a qué hemos llegado? Lo que salta a la vista es un enorme desmoronamiento moral, espiritual, económico y político.

¿Qué es lo que falta en nuestra sociedad? Falta algo que la civilización no ha podido darnos. Falta algo que la cultura no ha podido darnos. Incluso, falta algo que la religión tampoco ha podido darnos. Falta Dios introducido en cada fibra de nuestra vida. Falta una relación personal con el Señor Jesucristo.

Cristo puede entrar en nuestra vida desalojando de nosotros todo lo que es malo. Él puede regenerarnos y limpiarnos, y hacer de nosotros —de cada hombre y cada mujer que se entrega a Él— una nueva persona. Cristo, y no la religión, es lo que salva. Dejémoslo entrar en nuestro corazón. Ese será el principio de una nueva vida. Dejemos que entre hoy mismo. Él quiere ser el Señor de nuestra vida.


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