miércoles, 8 de octubre de 2014

BIENAVENTURADOS LOS MANSOS Y HUMILDES DE CORAZÓN.

BIENAVENTURADOS LOS MANSOS Y HUMILDES DE CORAZÓN.
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. — Mateo 5:5
Un problema con la palabra española manso es que rima con ganso, y durante años, la gente ha vinculado ambos conceptos. Un diccionario popular da una segunda definición para manso: demasiado sumiso; fácilmente controlable; sin carácter; sin espíritu». Por esta razón, algunos cuestionan las palabras de Jesús: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mateo 5:5).
El erudito en griego W. E. Vine afirma que la mansedumbre, como se define en la Biblia, es una actitud hacia Dios «que considera que su trato para con nosotros es bueno, y por lo tanto, no hay discusión ni resistencia». Esto lo observamos en Jesús, cuyo deleite fue hacer la voluntad de su Padre.
El autor continúa diciendo que «la mansedumbre manifestada por el Señor y que se les recomienda practicar a los creyentes es fruto del poder […]. Jesucristo era “manso” porque tenía a su disposición los recursos infinitos de Dios». Él podría haber llamado a los ángeles del cielo para impedir que lo crucificaran.
Jesús les dijo a sus agobiados y cansados seguidores: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11:29). Él fue el modelo perfecto de la mansedumbre.
Cuando estamos cansados y turbados, Cristo nos invita a descubrir la paz que produce confiar mansamente en Él. 

Dios tiene dos moradas: en el cielo y en un corazón manso y agradecido.
EJEMPLO DE HUMILDAD.

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LAVAR LOS PIES ES: SENTIR LA NECESIDAD DE SER LIMPIADOS POR  JESUCRISTO Y TENER PARTE CON SU MISIÓN Y VISIÓN.

… Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. —Santiago 4:6
Durante la época de Semana Santa, mi esposa y yo asistimos a una reunión en una iglesia donde los participantes procuraban representar los sucesos que Jesús y sus discípulos experimentaron la noche antes de que Él fuera crucificado. Como parte de la reunión, los miembros del personal de la iglesia les lavaron los pies a algunos de los colaboradores voluntarios de la congregación. Mientras miraba, me preguntaba qué expresa más humildad en nuestra época: ¿lavar los pies de otra persona o que alguien lave los nuestros? Tanto unos como otros, los que estaban sirviendo y los servidos, mostraban distintos aspectos de la humildad.
Cuando Jesús y sus discípulos se reunieron para la última cena (Juan 13:1-20), el Señor, en un servicio humilde, les lavó los pies a sus seguidores. Pero Simón Pedro se resistió, diciendo: «No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (13:8). Lavar los pies no era un simple ritual; También puede verse como una ilustración de nuestra necesidad de ser limpiados por Cristo; una limpieza que nunca se llevará a cabo si no estamos dispuestos a ser humildes delante del Salvador.
Santiago escribió: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). Recibimos la gracia de Dios cuando reconocemos su grandeza, ya que Él se humilló a sí mismo en la cruz (Filipenses 2:5-11).

La posición más poderosa en la Tierra es arrodillarse ante el Señor del Universo.

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